
Las despedidas acercaron a Óscar Andrés Arcila Vargas a un mundo que, con los años, terminó convirtiéndose en su oficio y en la base de su proyecto de vida. Aunque es diseñador gráfico, llegó al sector funerario desde muy joven, por la cercanía de la floristería de su hermana con la sala de velación Villanueva de Funeraria San Vicente, en el centro de Medellín. Allí llegaban las personas para adquirir flores con la cuales despedían a sus seres queridos, y fue así como comenzó a familiarizarse con la muerte.
“Después ingresé a trabajar en el área de cortejo, cuando tenía 23 años”, recuerda. Allí comenzó un recorrido que suma 19 años y que lo llevó de acompañar los sepelios a conducir vehículos fúnebres y, actualmente, a entregar las cenizas de las personas cremadas. Para Óscar, los cortejos representan el último homenaje que se le hace a una persona. Por eso, explica, su trabajo exige respeto y empatía frente al dolor de cada familia.
Después de su experiencia en los cortejos, pasó a conducir y durante cinco años transportó cuerpos provenientes de Medicina Legal. Su primer vehículo fue un Chevrolet Caprice modelo 1998, una etapa en la que también comenzó a transformar su relación con la muerte. “Al principio uno piensa: ‘Ese también podría ser uno’. Con el tiempo aprende a asimilarlo y entiende que la muerte hace parte de la vida. Se afronta con más serenidad”, cuenta. La experiencia también le enseñó que el duelo no tiene una sola forma: algunas personas reaccionan con serenidad, mientras otras enfrentan el dolor con llanto, rabia o incluso agresividad. Por eso, su oficio no consiste únicamente en conducir. También implica acompañar a familias en uno de los momentos más difíciles de sus vidas.
Un oficio construido sobre la responsabilidad
Hoy Óscar Àndres, se encarga de la última parte del servicio funerario: recoge las cenizas en los parques cementerios donde se realizó la cremación y las entrega, según la coordinación con la familia, en una vivienda, una iglesia o la funeraria. La labor exige cuidado y precisión. También enfrenta mitos alrededor de la cremación, como la idea de que varias personas ingresan simultáneamente al mismo horno, algo que, según explica, no ocurre: cada horno recibe una persona por turno y el proceso permanece grabado y monitoreado. Sin embargo, el momento más exigente de sus 19 años llegó durante la pandemia de La covid-19. “En el pico de la pandemia realizamos cerca de cien servicios en un solo mes. Trabajábamos hasta quince horas diarias”, relata. Además, vio compañeros enfermarse y algunos fallecer.
En medio de ese oficio ligado a la muerte apareció un vehículo que hoy también cuenta parte de la historia de Óscar: un Packard de 1952 que conduce desde hace nueve años. Llegó a sus manos después de que el automóvil que tenía asignado sufriera una avería. Aunque tiene más de 70 años, el vehículo estaba completamente repotenciado y terminó convirtiéndose en su compañero de trabajo. Desde entonces, solo lo ha dejado detenido dos veces, ambas por problemas de batería. Esta vez, sin embargo, el Packard salió a las calles de Medellín sin transportar un cadáver.
Óscar lo condujo en el Desfile de Autos Clásicos y Antiguos, para que el público pudiera apreciar esta joya que, durante años, ha estado al servicio de las despedidas. Y hubo otro cambio: en lugar de llevar a una persona fallecida, su copiloto fue su hija, una imagen que para Óscar representa justamente lo contrario de la muerte: la vida. Así, un automóvil con más de siete décadas de historia, acostumbrado a acompañar los últimos viajes, recorrió la ciudad convertido por un día en una celebración de la memoria, la familia y la vida.
Esa misma relación de respeto se refleja en su manera de conducir. Este conductor asegura que normalmente circula entre 40 y 50 kilómetros por hora y que nunca ha recibido una fotomulta ni ha tenido un accidente mientras conduce un vehículo fúnebre. Para él, la prudencia no es solo una regla de tránsito: “El respeto por quienes transportamos también se refleja en la manera de conducir”.
Tras 19 años, Óscar asegura que su trabajo le permitió construir su hogar: “Gracias a este trabajo he construido mi vida. Tengo mi casa, mi carro y mi familia”. También recuerda como una de sus experiencias más significativas el traslado de los cuerpos de los jugadores del club Chapecoense, luego del accidente aéreo. Fueron varios días de trabajo continuo y, ante la falta de vehículos suficientes, varias funerarias de Medellín unieron esfuerzos para trasladar los cuerpos hasta el aeropuerto José María Córdova. .
Esta historia muestra que emprender también puede significar construir una vida desde un oficio, incluso cuando esa labor transcurre diariamente frente a la muerte. Su mensaje, sin embargo, está dirigido a quienes están del otro lado del duelo: “Que disfruten mucho la vida. Quieran a sus seres queridos y demuéstrenles todos los días cuánto los aman”. Para Óscar, al final, no quedan los lujos ni las posesiones, sino el tiempo compartido y las personas que estuvieron cerca.
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