
En Palestina, vereda de Salento (Quindío), la finca cafetera Don Elías consolidó hace cuatro décadas un modelo basado en turismo: produce café orgánico en una hectárea con cerca de 5.000 plantas y vende su marca, “Don Elías de Salento”, a visitantes internacionales que lo llevan a distintos países.
En efecto, el coffee tour —un recorrido de una hora— explica el proceso completo del café, desde la siembra hasta la taza, lo que permite que el visitante comprenda el valor del producto antes de comprarlo. Durante el recorrido, los turistas conocen las variedades, el compostaje orgánico y las etapas del beneficiadero: pelado, fermentación, lavado, secado, trillado y tostión.
Además, la experiencia incluye la molienda manual y la degustación final, lo que refuerza la conexión entre productor y consumidor. Esta estrategia ha permitido mantener el control de calidad y preservar las características del café “desde el árbol hasta la taza”.
El origen del modelo: turistas como canal de exportación
El modelo surgió a partir de una experiencia directa con visitantes extranjeros. Según relata Jesús Osorio, caficultor de la finca y guía, “vinieron compradores de Francia interesados en comprar la producción, pero don Elías decidió que era mejor que cada visitante se lleve su parte como turista”.
De esta forma, la finca renunció a la comercialización masiva y optó por una distribución atomizada, en la que cada visitante adquiere pequeñas cantidades. “Aquí el modelo es: usted hace el tour y se lleva una, dos o más libras; hay gente que ha llevado hasta 30 paquetes a Estados Unidos”, relata Osorio.
En consecuencia, el modelo planteado por don Elías Pulgarín- antes de fallecer- se mantiene: el café llega a mercados internacionales sin intermediarios formales, impulsado por visitantes de Francia, España, México, Estados Unidos, Chile, Perú, Ecuador, Corea y China, entre otros, que han ampliado su alcance global.
El secreto del café: calidad sobre volumen
Aunque la producción es limitada, el enfoque está en la calidad. La finca produce cerca de 2.000 kilogramos de café al año; sin embargo, tras el proceso, solo quedan alrededor de 500 kilogramos en almendra, cifra destinada exclusivamente al turismo.
De acuerdo con Osorio, la calidad de este café depende del manejo integral del cultivo: “Número uno, tenemos el arábico; número dos, la altura; número tres, el manejo: mantenimiento, tostión y preparación”. Además, enfatiza que “si tenemos un buen café y no lo preparamos bien, lo dañamos”.
Asimismo, el uso de abonos orgánicos aplicados directamente al suelo marca la diferencia frente a otras fincas. “Aquí todo se aplica en la tierra, y cuando llueve, el árbol lo absorbe. Eso es lo que da la buena calidad”, afirmó.
Tradición, experiencia y valor agregado
El componente humano también es clave. Jesús Osorio, con más de 75 años, lidera el recorrido y transmite el conocimiento acumulado durante décadas. “Toda la vida. Yo nací bajo un palo de café prácticamente”, aseguró.
Así, entre relatos, trovas y explicaciones, convierte el proceso productivo en una experiencia cultural. Este enfoque fortalece el valor agregado del producto, al integrar historia, tradición y técnica en un solo servicio.
Por otra parte, el modelo responde a una lógica de diferenciación: menor volumen, mayor margen por experiencia y venta directa, lo que puede replicarse en otras fincas que busquen diversificar ingresos.
Consejos para preparar un buen café
Finalmente, Osorio destaca que la preparación es determinante en la calidad de la bebida. “Depende del método: prensa francesa, molienda gruesa; cafetera italiana, molienda fina”.
No obstante, el café de la finca tiene molienda media para facilitar su uso en distintos métodos. Además, recomienda conservarlo en condiciones adecuadas: “guardarlo en un frasco bien sellado o en un lugar oscuro; evitar la luz y el viento, porque eso es lo que daña el café”.
Agradecemos al padre Andrés Ruiz, que nos conectó con esta experiencia cafetera.
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